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18 Diciembre 2013

Jaquet Droz y el Béjart Ballet Lausanne: Arte y fascinación

Hay encuentros más preciosos que otros, por ejemplo, el de un relojero de vanguardia y apasionado con un artista excepcional, que comparten su visión singular de la vida, de su historia fecunda y de su proyección hacia el futuro.

Al convertirse hoy en el Presenting Partner exclusivo del Béjart Ballet Lausanne, dirigido por Gil Roman, Jaquet Droz honra esta promesa. Más allá del mecenazgo tradicional, el encuentro de la Casa de La Chaux-de-Fonds y de la compañía depositaria del legado de Maurice Béjart no es sólo una primicia, sino la colisión de dos universos en perfecta armonía artística. Es un choque creativo ciertamente luminoso, fusión de personalidades que comparten una misma pasión por el movimiento y el inestimable valor de esos momentos excepcionales y fugaces en los que se produce lo Bello.

Por un lado, Maurice Béjart, prodigio de la danza, figura protectora del arte coreográfico contemporáneo. Nacido en Marsella en 1927, fue hasta su desaparición, en 2007, una de las "grandes figuras" de la danza. Profundamente libre, auténticamente visionario, hizo su debut en París en 1946 luego, después de pasar 30 años en Bruselas con el célebre Ballet del siglo XX, consolidó en Suiza un enfoque revolucionario del espectáculo en vivo, creando el Béjart Ballet Lausanne en 1987. Sin cesar, tanto durante sus giras o viajes a África, Asia, Persia o Estados Unidos, demostró una absoluta exigencia de perfección, expresada en este crisol único que es la escena. Sus espectáculos, como su extraordinario Sacre du printemps (1959), su Symphonie pour un homme seul, su Oiseau de feu son referencias ineludibles del universo de la danza, hoy en día perpetuadas por Gil Roman y los bailarines del Béjart Ballet Lausanne. 

Por otro lado, un hombre de otra época. Pierre Jaquet-Droz, nacido en 1721 en el Jura suizo, uno de los relojeros más virtuosos del Siglo de las Luces. Técnico excelente, hombre de negocios sin igual, y además verdadero artista que comprende y anticipa los gustos de hombres y mujeres de su época. Sus relojes cantores, objetos de arte y autómatas humanoides maravillaron a las cortes reales europeas. En la actualidad, gracias a la visión de Marc Alexander Hayek, Presidente de Jaquet Droz, la Casa vuelve a mostrar el lustre de antaño y la misma ambición que permanece intacta desde su creación en la que la excelencia ocupa un lugar preponderante y la superación relojera va al compás con lo mejor de las artes decorativas.

Este encuentro es también un sorprendente viaje en el tiempo que favorece, a través de los siglos, la confluencia de dos filosofías paralelas y perfectamente coherentes. Por un lado, el dominio del cuerpo, la perfección de un movimiento impecablemente representado, la fuerza fenomenal de una visión creadora, autentica, audaz. Por otro, este "choque íntimo" evocado por Pierre Jaquet-Droz, "el éxtasis del encuentro con la unicidad y la armonía", la voluntad continuamente repetida de "ir más allá de la realización para alcanzar la obra suprema". Tanto para Maurice Béjart como para Pierre Jaquet-Droz, la evidencia estética – esta sensación inmediata de una perfecta armonía – siempre ha ido de la mano con una sorprendente obsesión por el esfuerzo y superación. Es un hecho que los bailarines tienen una disciplina de hierro; en la de los relojeros, quienes imaginan movimientos cada vez más complejos, prevalece la misma determinación.

Más allá de la proximidad geográfica, de una misma sensibilidad en cuanto a los paisajes, al cielo y la naturaleza, hay que sumergirse en cada uno de estos dos universos para comprender cómo transcienden entre ellos. Verdadero alquimista del cuerpo, Maurice Béjart expresó a lo largo de su vida una sensibilidad que evocaba la poesía singular de The Musician, The Draughtsman y The Writer, estos tres autómatas creados por Pierre Jaquet-Droz que reproducen con un realismo asombroso cada movimiento de manos, ojos y brazos. Un desafío técnico redoblado de una gran sutileza, como ocurre con todos los relojes que lucen las dos estrellas Jaquet Droz, entre ellos los famosos relojes autómatas, "The Bird Repeater" y "The Charming Bird", en los cuales los pájaros parecen que cobrarán vida.

Esta colaboración representa también una misma visión en cuanto al legado, a la sucesión y a la forma como se transmite una historia que permanece viva. En La Chaux-de-Fonds, Montres Jaquet Droz SA ha permitido guardar intactos los savoir-faire exclusivos en los Ateliers d’Art, dándose el gusto de abrazar la modernidad del siglo XXI, de la misma forma como lo hiciera Pierre Jaquet-Droz con la del siglo XVIII. En Lausana, Gil Roman es el depositario de la obra de Maurice Béjart. Este apasionado de danza comenzó su carrera a los siete años. A partir de los años ochenta, se reúne con Maurice Béjart y se destaca danzando la totalidad de sus obras, desde Pyramide a Le Mandarin merveilleux, pasando por La Route de la soie, Dibouk. Para este artista singular, igualmente coreografío de sus propios espectáculos, este legado es un desafío extraordinario, ya que el movimiento escapa por esencia a la voluntad de catalogación. Pero el Béjart Ballet Lausanne sabe, a través de sus representaciones, estampar el "patrimonio" de Maurice Béjart en un presente permanente y proyectar su formidable poder evocador en el futuro. Cada uno a su manera, Jaquet Droz y el Béjart Ballet Lausanne han sabido, acompañar el paso del tiempo sin tener la intención de detenerlo, embelesar cada instante de la historia, del imaginario y de los talentos de los que son los legatarios.

Entre un pasado cubierto de estrellas, un presente con éxito y un futuro lleno de promesas, esta colaboración inédita recalca toda la pertinencia de Maurice Béjart, cuando afirmaba, en sus memorias tituladas Un instant dans la vie d’autrui (Un instante en la vida ajena), que "échapper à sa propre chronologie est une joie que donnent les rêves" (escapar a su propia cronología es una alegría que dan los sueños).

www.bejart.ch

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